Archivo documental digitalizado del activismo lésbico, conformado por producciones gráficas y teóricas, registros fotográficos y sonoros, encuentros reflexivos y acciones callejeras de grupos y activistas lesbianas de diferentes momentos históricos, múltiples posiciones políticas, y diversas geografías
de Argentina. Está en permanente construcción, recibiendo nuevos aportes y colaboraciones.

viernes, 25 de noviembre de 2005

Trolas del Desierto

Irene Ocampo

28 de junio - Día del orgullo lésbico gay

Más allá del orgullo

Por Irene Ocampo*

No caben dudas de que pensar en el Día del Orgullo remite a variadas imágenes de personas más menos conocidas que aparecen en las calles, algunas vistiendo atuendos llamativos, para “celebrar” el orgullo de ser diferentes, reclamar un trato digno pese a esa diferencia, y también proporcionar diversión a quienes adhieren a estos actos públicos. En nuestra ciudad, el Acto lleva tres años celebrándose en la Plaza Pringles, la más céntrica, y también la más fría para este tipo de demostraciones.
Pensar este día sólo como un día de fiesta supone pasarla bien e intentar no ver que en la esquina de la plaza el sistema político y la ideología que reguló a gran parte de la humanidad durante milenios puede seguir tan imperturbable como entonces.
¿Tiene algún otro sentido celebrar y festejar el Día del orgullo? Creemos que sí lo tiene, tomando en cuenta que al hacerlo estamos poniendo en tela de juicio valores hipócritas de una sociedad construida sobre la base de que los deseos y las formas de sentir de una gran parte de las/os humanas/os que vivimos en ella son iguales, y que ni siquiera tenemos alguna posibilidad de pensarnos seriamente como sujetos totales de Derechos.
Y pensarnos como mujeres lesbianas celebrando el día del Orgullo, tiene que ver con una gran intersección en la lucha de los movimientos reivindicatorios del siglo XX, y en lo que va de este nuevo milenio: la lucha de las feministas y la lucha de los gays y las lesbianas por la conquista de un mundo más equitativo, más abarcador y más vivible para muchas más personas. Una lucha que sin dudas comenzó pero que no tiene, por ahora, horizontes de culminación.

Una celebración tan privada como pública

Si me preguntan cómo me gusta celebrar el Día del Orgullo, puedo contestar sin titubeos que prefiero participar en un acto político-ideológico, casi de barricada, sin oradores-vedettes, y con varias oradoras lesbianas, en lo posible que más de una hable desde el feminismo lesbiano.
¿Y qué palabras me gustaría escuchar de las bocas de estas oradoras?
Una de las principales denuncias es la ausencia de las lesbianas, o de mujeres cuya preferencia sexo/afectiva la constituyen otras mujeres, en los programas de las Secretarías de la Mujer de las reparticiones públicas, o sindicales, lo que refuerza la idea de que las lesbianas somos la minoría dentro de la minoría.
Esta denuncia está basada en el trabajo “Las lesbianas de América Latina y el Derecho al Desarrollo” que Alejandra Sardá y Claudia Hinojosa llevaron al Noveno Foro de la AWID que se celebró en Guadalajara, México, en octubre del año pasado, y que habla de estos temas, con fundamentos, y datos de muchas organizaciones lésbicas, gay-lésbicas, y de mujeres de toda América Latina. Apunta fundamentalmente a inscribir las reivindicaciones de las mujeres lesbianas dentro del Derecho al Desarrollo, y este desarrollo, tiene en cuenta a los Derechos Humanos y también a los Derechos Ecónomicos, sociales y culturales, que las Naciones Unidas están auspiciando en los últimos años.
Recordar al público presente los aportes que las feministas lesbianas le hicieron al pensamiento crítico del movimiento feminista, y luego al de mujeres. Desde las presencias públicas “escandalosas” en las Cumbres Mundiales hasta las más silenciosas, y no menos influyentes, aportes en las actividades humanas de todo tipo y del día a día.
Me gustaría a mí que se recuerde, por ejemplo, un texto que rescata la presencia pública de las lesbianas en México escrito por Claudia Hinojosa, y que rinde un homenaje a quienes permitieron con su participación y su activismo que otras mujeres y otras generaciones, incluso de otros países, puedan ahora leerse en castellano y encontrarse en las palabras y en imágenes mucho más positivas que las que teníamos de las ‘desviadas’, y otra gran lista de palabras descalificadoras, de unas décadas atrás.
Sería muy importante tal vez para el público asistente a este acto, escuchar las realidades que vivimos las mujeres lesbianas, los derechos a los que no tenemos acceso en esta América Latina. Y aunque las argentinas, como dijera Diana Bellessi, hemos creído ser las más “cultas”, y yo agregaría las menos discriminadas, de América Latina, y como muchas intelectuales se resistieron a la revisión feminista por temor a que pensarse desde allí las llevara a un margen del que lucharon duramente por salir, las lesbianas no quisieron pensarse como tales y esta auto-discriminación nos llevó a permanecer invisibles, fuera del campo del incipiente movimiento por los Derechos Civiles de los grupos homosexuales. A esto hay que agregar la aparición de los activistas travestis, quienes ocuparon un lugar público y una palabra de “mujeres”, que no es el de las mujeres lesbianas.
Para completar este panorama de nuestra-muy-poca-presencia en el activismo gay-lésbico local, se debe mencionar la falta de articulación entre los diferentes grupos de mujeres feministas, y de lesbianas feministas. Aquellas quejas de Ilse Fuskova respecto de la discriminación que las feministas más involucradas en la política partidaria le brindaron a las lesbianas que manifestaron el 8 de marzo en el acto público en Argentina en 1988, cuando aparecieron con el cartel de “Cuadernos de Existencia lesbiana”, continúa teniendo hoy en día otras continuidades, otros nombres, y otros por que.
Lo que sí es claro es que esta falta de un espacio de diálogo es percibido y sufrido por miles de mujeres lesbianas en nuestro país, con un mayor efecto en las que viven en ciudades alejadas de Buenos Aires, ciudad autónoma hoy más que nunca gracias a la ley de parejas homosexuales sancionada por la Legislatura en mayo pasado.

En el rescate, por las utopías

“No cesa/ de nombrarse lo que no es en la palabra,// nube por ejemplo, un segundo antes/ que la muerte abata, no es, no, pero es,/ en la extraña paradoja que me da el ser// lo que soy, humana en medio del mundo/ que me roza y donde soy, con el pie/ afuera.” dice en su reciente libro “La edad dorada” Diana Bellessi, otra mujer, poeta argentina en este caso, que les dio la palabra a quienes estaban y se sentían en el mundo “con el pie afuera”, hasta que leyeron su libro “Eroica” y desde 1988, saben que ya no están ni estamos tan solas.
Nombrarnos a nosotras mismas, recordarnos, encontrarnos, más allá de la multiplicidad de filiaciones e ideologías, ya que volvieron porque no estaban muertas, es necesario, tanto como festejar y celebrar el día del orgullo.
Pensar que tal vez todos los días, o todas las semanas, podemos pasar por la Plaza, y podemos caminar por esas veredas, de otra manera, sabiendo que el trabajo de reconocernos mujeres que amamos y vivimos con otras mujeres es una parte importante de nuestras vidas.
Y recordar a quienes hasta hace poco estuvieron con nosotras, desde la palabra, la idea feminista, y que nos dejaron su pensamiento escrito y su fuerza y tozudez enormes, para que nosotras seamos más ricas y fuertes, porque ellas están en nuestra historia más reciente. Este es el homenaje para Safina Newbery, quien falleció el 8 de junio, y quien pensaba allá por 1990 en las relaciones de poder entre el lesbianismo y el feminismo, y que en la revista Feminaria Nº 5 pedía: “El feminismo para no morir tiene que luchar por la unión entre todas las mujeres sin distinción alguna. Y esta unión creará lazos de solidaridad entre nosotras.”
Para que con solidaridad, y más allá del orgullo, las mujeres lesbianas, feministas lesbianas, y femininistas, construyamos un futuro cercano democrático, y plural.

* Irene Ocampo es periodista, y coordinadora de RIMA - Red Informativa de Mujeres de Argentina.

 Noviembre 2005

martes, 22 de noviembre de 2005

Violencia entre lesbianas

El segundo closet

Por Daiana Rosenfeld


El caso de la mujer que el mes pasado mató a su pareja en el bingo de San Fernando cuando se enteró que ella estaba saliendo con un hombre, deja entrever que la violencia entre parejas de mujeres también existe, pero es un tema que no está legitimado y que conlleva una doble presión: la visibilidad del ser lesbiana y la aceptación de una violencia que parece silenciada.

"El maltrato es un ejercicio de abuso de poder y de control de la autonomía de la otra, sometiéndola a las necesidades propias. La violencia se da del mismo modo que las parejas heterosexuales, pero en esta sociedad no se la reconoce", explica Laura Eiven, una de las fundadoras de Desalambrando, abriendo el camino para salir del segundo closet, el primer programa argentino dedicado de la prevención, asistencia e investigación de violencia doméstica entre lesbianas, de la organización Desalambrando (www.desalambrando.com).

En una sociedad en la que predominan las relaciones heterosexuales, la violencia doméstica entre mujeres parece una situación difícil de ver y aceptar. Pero como toda pareja, los problemas existen y los vínculos entre mujeres no son la excepción.

"Me resultaba imposible reunir las dos imágenes incongruentes de mi pareja. Me aferraba a la imagen de 'la buena' como si 'la mala' fuera una ilusión, como si la maltratadora fuera un producto de mi imaginación. Después de cada explosión aparecía una mujer arrepentida, que pedía disculpas y juraba no volver a hacerlo jamás. Ella tenía dos facetas completamente diferentes, era una persona única. Y esa persona única era la que estaba maltratándome", cuenta uno de los testimonios anónimos del libro estadounidense Naming the Violence, acerca del maltrato entre mujeres.

La violencia entre parejas de mujeres puede ser tanto física como psicológica y va variando según los ciclos. La psicóloga Irene Pugliese señala que al principio hay una acumulación de tensiones en el vínculo relacionadas con los celos y la desconfianza que puede culminar luego en agresiones verbales y físicas. Por último, después de la tormenta, viene el período de la relajación, en el que se intenta reconciliar la situación.

"Mi primera pareja fue cuando tuve 18. Salí dos años con una chica, éramos muy compañeras y nos divertíamos juntas hasta que un día comenzó a controlarme, sus celos eran infrenables. Nunca llegó a golpearme, pero sí me amenazaba constantemente con que me haría daño sino me comportaba con ella quisiera", cuenta Mercedes, una de las mujeres que sufrió un tipo de maltrato psicológico muy común.

Si bien no hay un perfil de "maltratadora", generalmente son mujeres que crean dependencia y que descalifican y manipulan a su pareja. "Presionan tanto a la otra persona hasta que las hacen perder su autonomía y estima. Las víctimas terminan viviendo con miedo", aclara Eiven. Sin embargo, agrega que dentro de los tantos mitos que se generan como el de que una siempre es más masculina que la otra, esto no es así, "la persona violenta generalmente es una mujer muy sociable en su grupo de pertenencia".

"Una no se da cuenta, pero a veces no puede controlar su ira. Pesa mucho el qué dirán en una sociedad tan discriminatoria como ésta. Nunca he llegado a pegarle a mi pareja, pero hay veces que las situaciones se van de las manos y es muy difícil mantener el equilibrio", explica Cecilia, una mujer de 39 años que tiene una pareja estable hace cinco.


La lesbofobia

La discriminación hacia las lesbianas no es una novedad en la sociedad actual y también hace diferencia en lo que es el maltrato. La coordinadora de Desalambrando explica que hay mujeres violentas que amenazan "no sólo que van a matar a su pareja o que nunca se van a poder deshacerse de ellas sino también con que van a llamar al trabajo de su novia para decir que es lesbiana. Esto no es un detalle menor porque hacer pública su situación puede causar repulsión y marginarla aún más".

El caso de Mercedes se relaciona con este tipo de control: "Mi ex me amenazaba con develar mi orientación sexual a mi familia sabiendo que aún no me había visibilizado. Si lo hacía en ese momento, me arruinaba la vida".

Otro de los mitos es que si hay maltrato entre mujeres siempre es mutua, dado que en general es el varón el que ejerce violencia. "Hay violencia cuando hay ejercicio de poder de una sobre la otra. Es complejo imaginar el maltrato mutuo. Los mitos clausuran y estereotipan y permiten sentir a la sociedad que tiene todo bajo control" explica Eiven.

"No conocía la violencia. Dado que pedir perdón no funcionaba, comencé a tirarle cosas yo también cuando ella me las tiraba a mí y a sujetarle las manos cuando venía a golpearme, ya que yo era más fuerte que ella. Pero esto tampoco funcionó porque se ponía cada vez más furiosa. Que yo le respondiera parecía enfurecerla todavía más", cuenta Cory Dziggel, uno de los testimonios de libro estadounidense.

Marcela Loyarte, psicóloga e integrante del centro comunitario para mujeres lesbianas y bisexuales La Fulana (www.lafulana.org.ar), agrega que ya de por sí la visibilidad cuesta porque se sale de los patrones que se esperan de una mujer como para además, asumir que se está sumergida en una situación de violencia. "Que una sea lesbiana, puede llegar a ser esperable, pero que encima sea violentada para este tipo de sociedad es demasiado".

Si ni el lesbianismo termina de legitimarse en la sociedad argentina, menos se reconoce la violencia entre mujeres. Así, las lesbianas sufren una doble presión: por un lado saltar el cerco de la lesbofobia social, y por otro, asumir que pueden estar involucradas en una relación violenta.

En Desalambrando creen que son situaciones de las que no cualquiera puede hacerse cargo porque la valoración ni la estima de nadie pueden estar sostenidas en la invisibilidad de su situación: "Nosotras no validamos la perfección, tenemos problemáticas como cualquier pareja. Pero el problema no es ser lesbiana, sino el ejercicio de violencia".


Las mediciones

La investigación de la violencia doméstica entre mujeres no convoca grandes financiamientos. Sin embargo, en 2002 nació Desalambrando abriendo el camino para salir del segundo closet a partir de las demandas de lesbianas que están padeciendo situaciones de maltrato.

La organización brinda servicios de consejerías individuales, grupos de ayuda, talleres de prevención, charlas informativas y proyectos de investigación. "Trabajamos con chicas maltratadas y que han maltratado también, pero que son conscientes y quieren cambiar su situación", explica una de las coordinadoras.

Como parámetro nada científico pero parámetro al fin, en la Marcha del Orgullo Gay 2003, ante 80 personas, se encontró que el 71 por ciento había vivido una situación de maltrato. Pero además, "hay un sector de parejas lesbianas que no están visibilizadas, que no van a las marchas, ni concurren a organizaciones. Es muy difícil medir porque no existe el aparato contra la violencia en mujeres heterosexuales", concluye la psicóloga de La Fulana.

"A veces imagino qué diferente hubiera sido mi vida si hubiese habido una comunidad que dijera que el maltrato entre lesbianas es violencia en serio, no una pelea inocente entre personas cercanas. A veces imagino qué diferente hubieran sido para mí las cosas si me hubiese sentido menos sola y menos avergonzada. Las sobrevivientes del maltrato entre lesbianas debemos hablar ahora, por nosotras mismas y por nuestras hermanas", expresa Cory Dziggel.



Fuente: Artemisa Noticias, 22.11.2005

sábado, 19 de noviembre de 2005

martes, 15 de noviembre de 2005

Diana Cordero



Acoples subvertidos: Roles sexuales en las parejas de lesbianas
Caracas, noviembre 2005


Prefacio de la autora

La exclusión de las mujeres lesbianas se sostiene en todos y cada uno de los discursos que circulan en la sociedad, y no sólo en aquéllos del poder organizado o de los hombres como grupo.

La sexualidad humana es una categoría política. La normativa social y los mecanismos ideológico-políticos de control a lo largo de la historia, han condicionado y desarrollado, desde la antigüedad, modos represivos y performativos de la sexualidad. Modos que llevan en sí mismos las condiciones sociales de la opresión y la exclusión de las mujeres en general. Y de las lesbianas especialmente, herejes en sus prácticas, prescindentes del varón y cuestionadoras, por tanto, de la norma heterosexual y falocéntrica.

La sexualidad de la mujer lesbiana, en tanto ejercida desde el deseo, es una fuerza subversiva y emancipadora. Sostenemos que luchar por una sexualidad placentera es transgredir, es oponerse, es encarar una lucha política.

A través de la historia patriarcal, las sociedades han condenado, perseguido, estigmatizado las prácticas sexuales que se distancian del discurso ofi cial, represivo en sí mismo. Las sexualidades alternativas han sido califi cadas como pecaminosas, producto de “pactos con el demonio”, enfermedades, inmoralidades y/o delitos. Las condenas y sanciones han ido tomando diversas modalidades. En el paroxismo de esa transformación, la religión proclamó la amenaza del fuego eterno y aplicó el castigo de muerte en la hoguera. En el mundo laico, las leyes aplicaron sanciones punitivas y condenas concretas. Mientras, el psicoanálisis (la medicina) promulgó la “patologización”. Los imaginarios sociales más actuales corrieron los límites de lo considerado normal, dentro de cuyos parámetros ahora se incluyen algunas transgresiones y se excluyen casi todas.

En la medida en que los castigos directos y la prohibición punitiva perdieron efi cacia, los dispositivos de poder sofi sticaron sus mecanismos: se hicieron más simbólicos y se articularon con múltiples estrategias.

La represión sexual resulta imprescindible, dado que sus leyes y normas forman parte de los instrumentos políticos de dominación. Éstos articulan la estructura social, determinando que la admisión de tales normativas, supone la aceptación del propio sistema y su adscripción conciente o inconciente.

Así, en las sociedades occidentales modernas se normativizan y regulan las prácticas desde campos como la sexología, el psicoanálisis, el discurso médico hegemónico y el sentido común. Tanta es la necesidad de operar sobre el placer y el libre ejercicio de la sexualidad. Tanta es la necesidad de marginalizar, reprimir o neutralizar, mediante una teoría o una doctrina cualquiera. Con ese fin, se la encuadra, se la secciona, se la categoriza, se filosofa sobre ella, se la interpreta.

En tanto las relaciones patriarcales sustentan la organización y el sistema social capaz de regenerar las condiciones materiales y culturales para perpetuar la hegemonía masculina como ideología y concepción del mundo, pensarse (y sentirse) mujer o varón sólo es posible dentro de las esferas construidas ideológicamente. Para que esta hegemonía opere como sentido común, necesita mostrar una total homogeneidad de las mujeres que permita preservar la lógica heterosocial del sistema. El discurso patriarcal básico aún intenta sostener la “naturalización de los sexos”, en un anacrónico impulso esencialista.

Existe una legítima crítica de la conceptualización de patriarcado, necesaria en tanto denuncia para la lucha política, que debe ser entendida teniendo en cuenta el lugar de enunciación de quienes instalaron el concepto. La elaboración de dicha crítica lleva en sí huellas de raza (blanca), clase (media/ alta), etnia (occidental), nivel de instrucción (académicos/as de prestigio). Por tanto, más allá de su indiscutido valor simbólico y descriptivo, debemos ubicar el concepto de patriarcado en el marco de sus condiciones histórico-concretas de producción. Cuando las feministas de los países centrales de Occidente hablan, por ejemplo, de la realidad de “la mujer del Tercer Mundo”, o de la “mujer negra”, o de la “mujer lesbiana”, transponen los mismos criterios generalizantes y etnocentristas que denuncian: anulan la diversidad, las nacionalidades, las singularidades culturales, las específi cas conformaciones grupales. Al respecto, puede verse también el trabajo de Amaia Perez Orozco de la Universidad Complutense de Madrid, Hacia una economía feminista de la sospecha: "El poder patriarcal se expande en cualquier relación opresiva, por eso se articula también con las opresión de clase, nacional, étnica, religiosa, política, lingüística y racial."1

Este trabajo se propone dar la palabra a las mujeres lesbianas, permitir que emerja la posibilidad de “nombrarse a sí mismas en el mundo” en lugar de dejar que otros/as (en nombre de las ciencias sociales, la sexología, el psicoanálisis o el feminismo) nombren desde afuera, hablen por ellas, las defi nan, les asignen una producción de sentido más ligada a los/as interpretadores/as que a las protagonistas.


-----
1 Marcela Lagarde, antropóloga mexicana, www.creatividadfeminista.org/articulos/francesca.htm



libro completo en .pdf

miércoles, 2 de noviembre de 2005

mesa sobre maternidades lésbicas

Hospital General de Niños “Dr. R. Gutiérrez”, Unidad de Psicopatología y Salud Mental, Equipo de Interconsulta: en el marco del curso "La construcción del ideal materno y la naturalización del amor maternal. Experiencias en el Hospital de Niños de Bs. As.”, realizado en este Hospital en el año 2005, Laura Eiven disertante, junto a María Luisa Peralta y Gabriela Adelstein, de la charla titulada “Modos de constitución familiar y nuevas configuraciones vinculares” realizada el día 2 de noviembre de 2005.




foto: Mariel Simonini
en la foto: Laura Eiven, Gabriela Adelstein, María Luisa Peralta








Laura Eiven


La salud en desorden




Quiero contarles que hoy estoy aquí en lugar de otras, además de estar en mi lugar, que es el que quiero o podría ocupar, digo, no en la mesa como expositora, sino el del deseo de ser madre.

Ponerse en lugar de otrx merece un cambio de posición que no siempre estamos dispuestxs a realizar. Parece que marea o resulta por demás inconveniente o incómodo, según la horma que nos toque en gracia o desgracia, por supuesto. Algunas aprietan por demás y nadie quiere, sostenerse demasiado en pensar/sentir cómo será. Igualmente resulta valioso poder pensar en quienes no son como unx, sin necesidad de tránsito o pasaje alguno más que la propia humanidad y la valoración de la vida propia y ajena.

Una vez, con un grupo de militancia en los años 90, coordinamos en un Encuentro de Salud, un taller que se llamaba “El mundo al revés”. Allí, les proponíamos a las participantes que por un rato, se hicieran a la idea que estaban en una sociedad que tenía como regla ineludible la “homonormatividad”, por lo tanto para ellas, estaba absolutamente prohibido estar en pareja con varones. Fue una experiencia muy enriquecedora. Algunas no resistieron la propuesta y se fueron antes de intentarlo o atravesarlo, otras, al finalizar el taller, hablaron de la terrible angustia y desgaste que les había producido tener que encontrar estrategias para “no decir” o definitivamente, no encontrarlas y por lo tanto, silenciar. Claro, no estaban acostumbradas a ocultar, al menos, eso. Además, en la charla final y a modo de conclusión, pudieron dar cuenta de que la sexualidad no está signada a las cuatro paredes, a donde siempre nos mandan a las lesbianas a “ser libres”, famoso dicho... - mientras lo hagan dentro de las cuatro paredes...-; parece que ahí sí tenemos un cierto permiso asignado, territorio acotado y acostado sobre cuatro patas. Aunque parezca obvio, debemos reforzarlo cada vez, queremos decir que la sexualidad no se signa a la cama sino a la vida. Y la vida de nadie entra dentro de cuatro paredes.

Me preguntaba si será por lo recién enunciado, por lo incómodo y reducidos de algunos lugares asignados, aquello de sostener a rajatabla los lugares fijos o inamovibles , tan solo por conservar semejante lugar de privilegio que implica, en este caso puntual de la maternidad, que algunxs se sientan en condiciones de poner en tela de juicio quiénes merecen o no, ser, tanto en su existencia o en sus funciones.

Queda bastante claro qué temen perder quienes están aferradxs del lado de la norma, ahora sería importante cuestionarse cosas tales como, ¿qué pierde quien es desalojadx del lugar de su deseo, quien no lo puede ocupar porque el miedo disciplinador tiene armada una estrategia nefasta, por cierto, para desarticularlo? Y aquí, podríamos esbozar un respuesta clara, al menos algo del “orden de la salud”, está en juego ( y aquí enhebramos con el título, tal vez podría ser para el próximo taller donde nos planteemos qué pasaría si desordenamos este supuesto “orden instalado” en la salud como institución, sobre qué sería lo saludable).
Otras preguntas siguen en la saga, ¿qué grado de “peligrosidad” conlleva concretar el deseo que aparece como prohibido, a punto tal de ser tan negadas, rechazadas y hostigadas las lesbianas?. Acaso, sin querer, estemos trazando un territorio, esta vez mucho más allá de la cama, que ejemplifica o alecciona sobre que sí, se puede. Entonces, frente a la posibilidad de dictar precedentes, aparecen las “contraindicaciones” para devolver al susto, al fantasma, al cuco disciplinador para quienes nos aventuramos a la suerte de intentar no dar lugar a ser conducidas más que por nuestros propios cuerpos.

Decía que ocupo el lugar de otra a pedido porque hay otrxs que sienten miedo de ocupar el lugar de lo público o de lo visible en relación al tema lesbianismo y más precisamente, en este caso, maternidad lésbica. Miedo a perder empleos, miedo a perder a sus hijxs porque, ni lerdos ni perezosos, ya hay ciertxs jueces, al menos en Córdoba, que hicieron circular sus intenciones de “monitorear” a los hijxs de parejas del mismo sexo para “bregar” por ellxs, claro, indefensxs frente a la malicia de sus progenitorxs de, a toda costa, “querer ser” sin medir consecuencias.

De más está decirles, que esxs mismxs jueces, a la hora de las denuncias sobre acoso, violencia y abuso de padres heterosexuales a sus hijxs, ni modo encuentran o allanan con semejante operatividad los recursos de protección al alcance de los citados como “indefensxs”. Patas paradojales del sistema sobre las que se asienta y se sostiene aún de manera sumamente extraña.

Cosa rara que en el mismo contexto, la misma sociedad se jacta de ser ya casi demasiado progre o de sentir que el lesbianismo o la “lesbiandad” está casi de moda. Habrá que ver qué sucede cuando quienes mantienen, entre otras, esa creencia, se comiencen a inquietar porque no pasa y no pasa, o peor, esta moda estaba ya instalada desde que la única vestidura era el cuerpo.

Prefieren pensar que es moda en vez de pensar que existe o que es real, tal vez excusa para darse el permiso o motivo para la explicación del “suceso”, sobre todo, cuando de algo hay que hablar para saturar el sentido, para restarle profundidad y dejarlo ahí, en el plano de lo supuestamente superficial.

Pero para esta moda también hay top o en realidad, hay topes. Hay que mostrarse pero no ser, hay que aparentar pero no existir, hay que transitarlo pero no instalarse. Pasadizos. Atajos. Ya no se trata del yogur ahora, supuestamente dicen ¿y, ya probaste con una mujer? Y queda muy de onda y transgresor insinuar que tal vez sí, que cómo no, que es, muy divertido, porque el “para qué” o el “para una misma” ha sido desterrado de toda esta manipulación masiva en función de dejar bien claro que las modas pasan y si no, tienen que pasar.

Es tal el grado de invisibilidad que genera tratar algo que existe desde siempre como algo oportunista y pasajero, que hasta hay quienes dudan de sí mismas; es tan poderoso el ejercicio de poder, el abuso de poder, que logra hacer jaque a más de una subjetividad desprevenida o bien educada en este sistema que bien podríamos titular “sistema de opresión de deseos autónomos”.

Resulta inaudito que tengamos que establecer acuerdos sobre nuestra sexualidad, pensar ¿con cuál de los privilegiadxs dueñxs del todo tendríamos que negociar nuestro cuerpo? Porque lo del corralito, al menos para nosotras las lesbianas, era ya moneda corriente, valga la utilización de la metáfora económica para transitar la sexualidad en el marco del heterosexismo o de la heteronorma o del patriarcado o del capitalismo. Creo entender que algunxs no me dejan ser dueña de mi cuerpo, de mis necesidades, de mis deseos porque sin normas todo sería un caos, todxs podríamos hacer “cualquier cosa” y ahí es donde vienen las fantasías apocalípticas alimentadas para sostener las leyes o ciertas leyes que, casualmente tornan dueñxs a otrxs, del deseo ajeno.

Yo hoy les vengo a hablar desde este cuerpo, el mío, que viene atravesando todas estas instancias de obstáculos para desalentarme, para aterrorizarme, para que no suponga que estoy a la altura del privilegio si no… la amenaza del castigo.

De lo que he escuchado o leído hasta ahora al respecto de la maternidad lésbica u otros modos de familia, las cosas están bien polarizadas.

Algunos insisten con la inmoralidad que implicaría que una lesbiana sea madre, por otro lado, están quienes cuestionan los biologicismos y del lado del progresismo, defienden el ejercicio del derecho. Pero en algo todos parecieran coincidir, a pesar de las diversas miradas y es que habría algún daño o problemática que se les cargaría a los hijos, un mote que, por llevar adelante sus padre o madres el deseo de la maternidad, estos niñxs tendrían que confrontar frente al mundo hostil y discriminador de la diferencia.

Unos lo llaman egoísmo y los otros, osadía, pero ambos, hacen agua a la hora de pensar en lxs “pobres perjudicadxs”. Quienes cuestionan el costo que deberán pagar lxs hijxs, de una manera más directa, elíptica o sutil, están cuestionando en definitiva, el derecho y la existencia.

Las miradas de quienes oprimen desde un lugar de privilegio de una supuesta mayoría aparente vuelve “vulnerable” a lo que aparece como una minoría en su invisibilización, legitimando la contradicción o paradoja a la que deben enfrentarse las lesbianas que se animan a atravesar la línea de la prohibición, por lo tanto, se exponen a la culpa o al castigo: castigadas por querer ser madres y culpadas de egoístas o, castigadas porque como ser mujer es sinónimo de maternidad entonces cómo resignar o negar ese don y, además a modo de plus, atreverse a desterrar en el caso de las lesbianas, al hombre como portador de la “ley” en la familia, esto gracias a la gentil colaboración de algunas de las ideologías que introducen algunas de las teorías sobre las que se trabaja en salud mental. No se trata de la “familia tipo” sino de una familia “sin tipo”.

Resulta, a mi parecer, increíble que no se plantea el perjuicio y la impunidad del daño ejercido por el prejuicio mismo, la invisibilización o la prohibición de ser o existir como lesbianas, en vez de plantear el daño que producen las madres por permitirse tenerlos a pesar de lo que estxs tendrán que “soportar”. Considero que justamente lo primero y elemental a resolver es el cuestionamiento al sistema que sostiene la injusticia, en profundizar sobre el por qué de la prohibición, cuestionarse qué intereses toca. Por supuesto que aparece como obvio que resulta más beneficioso y cómodo desplazar las culpas a otrxs que hacerse cargo de las desigualdades.

Como dice Juan Carlos Volnovich en el libro Adopción, la caída del prejuicio, la medicina o las ciencia siempre vienen acompañadas de métodos para reparar o rehabilitar lo que consideran “las fallas” e introduce que sería poco pertinente pensar, a modo de ejemplo, que el problema del racismo se resuelva con la dermatología. Pues lo que nosotras queremos señalar es que la falla no es el lesbianismo sino el modelo injusto en que se sostiene este sistema de creencias. Pues bien, el “tema” de la maternidad lésbica se vuelve “problema” no en sí misma, sino por la “falla” de la intolerancia de ciertos sectores que vuelven ilícito o ilegítimo algo legítimo. Y esta especie de confusión articulada o armada, se resuelve desarticulando a través del cuestionamiento, transformando aquello que oprime y está tan naturalizado o acostumbrado que parece único, cierto e inamovible.

Parece que con el deseo de ser madres “no alcanza”, tiene que haber algún otro beneficio que las lesbianas no estamos en condiciones de ofrecer.

En este sentido, hay un campo de sutilezas desde donde se ejerce la discriminación que establece, como dice García Canclin, un “lifting del lenguaje” y enuncia de una manera suave, aquello que de tan siniestro resulta imposible de decir o de ser escuchado.

Creo que la verdadera “amenaza al sistema” que representamos las lesbianas no consiste solo en la posible “reproducción de lesbianas” sino en algo peor, la legitimación de un deseo donde lo que se reproduce, “no es para otrxs sino para mí” y eso, en un sistema capitalista de apropiación, merece, al menos un castigo.

Cuando allá lejos y hace tiempo, conté en mi familia que era lesbiana, mi tía me dijo – y bueno, si sos feliz-, y le dije que yo tenía la misma posibilidad de ser feliz que ella, lo que yo validaba era mi deseo; del mismo modo digo que no tenemos por qué demostrar a nadie que como madres deberíamos ser mejores o que nuestrxs hijxs no tendrán problemas y maravillas como los demás; ni modo estamos en la obligación de augurar perfección alguna para equilibrar los motes malditos con los que intentan descalificarnos. Nosotras estamos validando el deseo de serlo, el ejercicio del derecho de serlo e incluso, elegir no ser madres, elegir sobre nuestro cuerpo sin más invasiones.


El circuito de la salud, justicia, educación y religión pueden sostener este sistema opresivo, ser cómplices o aliados, o pueden de manera autónoma y conjunta, en red, comenzar a ejercer de una manera instituyente un cambio desde un lugar pequeño y posible.


Y no se trata de teorizar sobre esto, o al menos, tan solo, sino que en cada gabinete, en cada casa, en cada aula, en cada cama, por qué no, se comience a ser saludable en términos de desordenar este orden que para sostenerse, oprime y jerarquiza la existencia de unos por sobre la existencia de otros; se trata de educar, de hacer justicia hablando de los derechos sin condicionamiento, de no velar la realidad, de cuestionarse desde qué lugar cada cual está en condiciones de someter a juicio a otra, a negarle su existencia o su deseo. Creo que si se trata de salud, sería importante e ineludible sostener la práctica estableciendo una coherencia en el ejercicio con la definición de la Organización Mundial de la Salud, que entiende a la salud como un estado de "completo bienestar físico, mental y social y no la mera ausencia de enfermedad". Quisiera concluir convidándolxs a que lo que se ponga en cuestionamiento entonces cada vez que una lesbiana o sus hijxs acudan a un gabinete de un hospital como este, no sea la reproducción en términos de maternidad lésbica o de parejas del mismo sexo, sino que lo que resulte intolerable sea la reproducción de injusticias, de desigualdades, de opresiones. Por la salud integral de todxs.




Laura Valeria Eiven
Equipo Desalambrando
Buenos Aires
Argentina




*****




Gabriela Adelstein


maternidad lesbiana




tenía 40 años, y una hija de 10 y otra de 5, cuando empecé a vivir como lesbiana que soy...  y me convertí en “madre lesbiana”.


siempre les dije la verdad a mis hijas: cuando perdí un embarazo, cuando murió un primo muy querido...  Francisca tenía 3 o 4 años cuando en un colectivo me preguntó por qué nos íbamos hacia adelante cada vez que el colectivo frenaba.  y yo le expliqué movimiento uniformemente acelerado y el principio de inercia...  y me acuerdo de esto porque la señora que iba sentada delante de nosotras se dio vuelta a mirarnos azorada...  pero ¿cómo explicarle por qué nos íbamos hacia adelante, si no le explicaba el concepto físico?

así que cuando me definí como lesbiana, obviamente lo hablé con ellas.  no las sorprendió demasiado, porque conocían parejas de amigos gay, y porque están acostumbradas a “lo diferente”:  tenemos amigxs y parientes italianxs, japonesxs, estadounidenses, alemanxs: desde siempre han oído en casa distintos idiomas, han visto costumbres distintas de las nuestras...  y las celebran.


esto de “madre lesbiana” es una categoría nueva.  no porque no haya habido, siempre, lesbianas con hijxs de una relación heterosexual, criándolxs solas o apoyadas en esas redes femeninas de hermanas, amigas, vecinas...  sino porque mostrarnos socialmente como lesbianas es algo relativamente nuevo, que empieza a partir de los años ’70 con los movimientos de liberación.  y porque ahora las nuevas tecnologías de fertilización asistida permiten la maternidad a las lesbianas que resignaban estos deseos porque no se relacionan con hombres


en nuestra sociedad la maternidad, social y culturalmente construida, sigue siendo considerada el objetivo supremo de la vida de las mujeres:  nos crían para ser madres, nos educan para ser madres...  y así como hay mujeres heterosexuales que no quieren serlo, hay mujeres lesbianas que sí quieren serlo


veo la maternidad como función, más allá del innegable vínculo biológico que genera el embarazo y el parto.  una función que requiere por sobre todo de amor y de trabajo, que puede ser (y es) cumplida no sólo por quien llevó a ese ser en su cuerpo sino por tantas otras personas, pertenecientes o no a la familia directa



como madres lesbianas, somos iguales a cualquier madre: cocinamos, cambiamos pañales, hacemos los deberes, vamos al supermercado, preparamos fiestas de cumpleaños, sacamos piojos

como madres lesbianas, somos distintas de las otras madres: además de dar a nuestrxs hijxs las herramientas para moverse libres en el mundo, tenemos que hacer el esfuerzo extra de defendernos de la discriminación social que todavía existe

esta discriminación implica un sufrimiento que llega del afuera:  mis hijas no han sufrido maltratos por mi lesbianismo, pero tienen que negociar, permanentemente, cómo informar, a quién, cuál es su realidad.  además, no todxs sus familiares están de acuerdo con mi opción de vida, y las nenas a veces sienten que tienen que defenderme, que cubrirme... y oyen por la calle denigrar a quienes tenemos una sexualidad diferente de la heterosexualidad.  y ven asombradas en televisión a “profesionales” que sostienen que las parejas homosexuales no pueden criar hijxs porque “no están en condiciones”

“¿cómo?  ¡si mi mamá es la mejor mamá del mundo!”  es que su propia vida, el adentro, les marca otra cosa: son personas felices, que se vinculan positivamente con sus pares y con lxs adultxs, que tienen excelente rendimiento en la escuela, y una enorme variedad de intereses y actividades que desarrollan según sus momentos evolutivos


uno de los argumentos esgrimidos contra nuestra posibilidad de criar niñxs es la supuesta “ausencia del rol masculino”: en la familia lesbiana, cualquiera de las dos madres lesbianas/lesbianas madres, se ocupa de cocinar, de cambiar las lamparitas quemadas.  cualquiera de las dos lleva a las nenas al dentista, a comprarse ropa.  cualquiera de las dos corta el pasto, hace las compras...  puede ser que una se ocupe más habitualmente de algunas de las tareas que la otra.  y también puede ser que la que cambia la lamparita sea la que les compra la ropa, y que la que arregla el cuerito de la canilla sea la que más cocina...

creo por lo tanto que no es un problema de “roles”, sino de estereotipos:  “la mamá está en casa y cocina, el papá sale a trabajar y cambia el cuerito de la canilla”...  pero esta división tan rígida del trabajo ya no se ve tampoco en las parejas formadas por un varón y una mujer...  por suerte

y la “familia tipo” que se impone culturalmente como “normal” está siendo reemplazada por familias monoparentales, familias ensambladas, familias extendidas



esto de los estereotipos se expresa también en el argumento de “la necesidad de un modelo masculino y un modelo femenino” para formar la identidad sexual de lxs hijxs.

por un lado, creo que quienes tienen problemas de identidad sexual no son las lesbianas (ni sus hijxs), sino la gente que se derrumba y entra en pánico cuando ve personas distintas que no pueden ser fácilmente encuadradas en los conceptos fóbicos inculcados desde que nacieron: gente que se siente amenazada por cualquiera que cuestione su identidad por el simple hecho de ser diferente.  en cambio, lxs hijxs de lesbianas crecen con una mentalidad mucho más abierta, con una identidad más rica y fuerte, y por lo tanto estarán preparadxs para un mundo que no es inmutable y predeterminado, sino que cambia permanentemente

recordemos también que vivimos en una sociedad donde la heterosexualidad es impuesta, como norma, y por lo tanto evidenciada, publicitada, manifestada en forma constante.  y los modelos que supuestamente necesitan lxs niñxs para desarrollarse están al alcance de la mano:  en el caso de mis hijas, tienen padre, tíos, abuelos, padrinos, amigos...  no vivimos en una burbuja, estamos insertas en este mundo

y de este mundo reclamamos un trato igualitario, para que además del enorme trabajo que implica ser madre, no tengamos que hacer ese esfuerzo extra de defendernos


  
Gabriela Adelstein
Buenos Aires
octubre 2005