Archivo documental digitalizado del activismo lésbico, conformado por producciones gráficas y teóricas, registros fotográficos y sonoros, encuentros reflexivos y acciones callejeras de grupos y activistas lesbianas de diferentes momentos históricos, múltiples posiciones políticas, y diversas geografías
de Argentina. Está en permanente construcción, recibiendo nuevos aportes y colaboraciones.

jueves, 1 de abril de 2010

Florencia Magnaterra



UNA REFLEXIÓN EN TORNO A LA VISIBILIDAD

¿PARA QUÉ??... MEJOR NO DIGAS NADA

Muchas veces, en el tiempo que hace que vengo haciendo mi coming out como lesbiana, diversas personas, después de hacer la sentida y tranquilizadora aclaración de “está todo bien”, inmediatamente, me han preguntado: ¿pero para qué andar ventilándolo, si es parte de tu intimidad?. Y mi respuesta, que a veces ha demorado en llegar, es hoy –no por obra de ningún azar sino de un proceso que tomó su tiempo y sus dolores- bien contundente: porque lo que no se nombra, no existe.
Ser lesbiana no es parte de mi intimidad como no es parte de la intimidad de nadie ser heterosexual. Todo lo visible, todo lo construido en torno a y lo que gira alrededor de la heterosexualidad (prácticas, rituales sociales por donde la heterosexualidad circula implícitamente, como un dato constitutivo y presupuesto) toda esa visibilidad de la que goza “espontáneamente” la heterosexualidad podemos, por un momento, hacer el ejercicio de imaginarla como sustraída a la visibilidad de la existencia lesbiana.
Ser heterosexual no es un dato de la intimidad porque todo el mundo supone a todo el mundo como heterosexual. La heterosexualidad está naturalizada, abrumadoramente naturalizada… por eso no se explicita, no hace falta. Porque la respiramos, vivimos permanentemente en una atmósfera heterosexual. Y mucho más aún en una ciudad chica, con sus hábitos de pueblo, como es por ejemplo, Olavarría.
¿Qué habrá entonces detrás del silencio de las lesbianas?, ¿qué implica este silencio? ¿No es razonable pensar que para nosotras no esté todo tan bien con ese “¿para qué?... mejor no digas nada”.
No poder decirnos supone una renuncia tan grande, tan cara. Tanta vida arrinconada. Tanta humillación en ese estar calladas, tantas contorsiones. ¡Tantas ganas y fuerza que no han sido!, tanta creatividad restada. Tanto amor que pudimos expresar, que no expresamos.
Todo lo callado ha significado una violencia contra nosotras mismas, una negación, una mutilación. Una vida que no termina de desplegarse, de animarse. Cada gesto que nosotras no volcamos al mundo es un gesto restado, perdido. Es un gesto, en definitiva, que el mundo se traga y se pierde. 



* texto escrito poco tiempo después de volver a vivir en su ciudad natal. 

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