Archivo documental digitalizado del activismo lésbico, conformado por producciones gráficas y teóricas, registros fotográficos y sonoros, encuentros reflexivos y acciones callejeras de grupos y activistas lesbianas de diferentes momentos históricos, múltiples posiciones políticas, y diversas geografías
de Argentina. Está en permanente construcción, recibiendo nuevos aportes y colaboraciones.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Fabi Tron






El armario, la niña y un sombrero de cowboy


A Carballito porque sigue allí sosteniendo la mirada, con orgullo


Miro a la niña que fui a través de una foto gastada. Está bajando las escaleras de la que fue mi casa, hace tantos años, allá en un pequeño pueblo del centro oeste de la provincia de Santa Fe, en San Martín de la Escobas, donde nací y viví hasta casi los 15 años.
Esa niña esta vestida con vaqueros, zapatillas, una cartuchera con un revolver de juguete y un sombrero de cowboy. Esa niña tiene una sonrisa radiante.

La niña que fuí me mira y yo la veo y los recuerdos aparecen...

Recuerdo que me gustaba vestirme así, con ropas de varones, me gustaba como me sentía con esas ropas, me gustaba cómo me veía, me gustaba jugar a la pelota, correr carreras en bicicleta con los chicos de la cuadra, en la hermosa y querida plaza del pueblo, treparme a los árboles y muchas otras cosas que en esa época sólo los varones hacían.

Me gustaba que las personas me vieran así, aunque muchas veces la mirada de algunas fuera insoportable de sostener. A mi no me importaba, yo era feliz. Muchas veces no entendía lo que los grandes u otrXs chicXs del pueblo querían decirme cuando me decían “machona”. Recuerdo que una vez, a los seis años, alguien me preguntó: “¿Vos querés ser un varón?”. La miré con extrañeza, no entendía, no supe bien que contestarle.

Para cuando tenía unos diez años, empecé a comprender el carácter grotesco, de burla y rechazo, de la palabra “marimacho”. La cosa ya no venía tan bien y para cuando me hice “señorita” las presiones para que me convirtiera en tal, se hicieron francamente insostenibles. Hasta mi familia, que hasta el momento no había tenido muchos reparos con mi forma de ser, comenzó a insistir en que modificara mi aspecto: “ahora tenés que usar polleras”, ahora tenés que arreglarte el cabello”, “sentáte con las piernas cruzadas como una señorita”, insistencias que se volvieron imposiciones. Claro, la sexualidad había despertado, al menos eso creían ellos, porque yo no me había enterado y ahora había que imponer la regla que dice: “hay solo dos géneros, masculino y femenino y la atracción sexual es siempre hacia el género contrario”.
La norma que dice “no basta con ser mujer, hay que parecerlo”.

La niña de la sonrisa radiante, se convirtió en una joven sombría.

Seguramente muchas personas del pueblo me recuerden como esa niña vestida de cowboy, muchas, seguramente con cariño, para muchas otras, quizás la mayoría, era y tal vez siga siendo una marimacha, machona, tortillera, en el sentido negativo, descalificativo, discriminador e incluso pecaminoso del término.

Si, soy una tortillera. A mí y a muchas otras lesbianas, nos gusta usar esa palabra para referirnos a nosotras mismas, porque la resignificamos positivamente, porque vivimos nuestras sexualidades disidentes a lo que marca la norma heterosexual y nuestra expresión de género orgullosamente, sin vergüenza, sin miedo, sin culpa. Pero no nos confundamos, no nos gusta que la utilicen las personas heterosexuales cuando se refieren a nosotras para burlarse, despreciarnos, descalificarnos, en definitiva para descargar su odio homo/lesbofóbico contra nosotras u otros gays o personas trans. Usamos el término tortillera con orgullo porque finalmente hemos entendido con la razón, pero fundamentalmente con el cuerpo y con las marcas del dolor que la discriminación provoca en él, lo que significa para la sociedad ser lesbianas, marimachas, tortilleras o el calificativo que se les ocurra. Usamos ese término con orgullo porque nos ha costado mucho llegar al lugar donde llegamos, decir lo que somos a viva voz, sostener nuestras vidas de tortilleras, abiertamente, sin andar a las escondidas, soportando las burlas, las descalificaciones, los prejuicios, la lesbofobia que a pesar de la era postmatrimonio igualitario, sigue matando lesbianas por el solo hecho de serlo.

Existen muchas formas de ser lesbiana, hay lesbianas más masculinas, otras con apariencia muy femenina, algunas se consideran a si mismas mujeres que aman a mujeres; otras, como en mi caso, nos construímos como lesbianas por fuera del binario hombre-mujer y no nos consideramos mujeres. Tenemos diferentes modos de relacionarnos con nuestro cuerpo, algunas se sienten cómodas con la maternidad, por ejemplo, otras no. Pero lo que todas tenemos en común es que deseamos sexualmente a personas del mismo sexo/género que nos fue asignado y que no queremos ser varones.

Me fui del pueblo, no por voluntad propia, hace 31 años. Pero quizás, no lo sé, hubiera tenido que irme para poder vivir mi sexualidad y mi expresión de género libremente. Hace 20 que soy activista lesbiana. Empecé a serlo en una época en donde pocas personas se visibilizaban como tales, allá por los noventa. Soy, lo que suele denominarse, una lesbiana pública, lo que significa que he salido en muchos medios de comunicación. He dado entrevistas en la televisión, en la radio, he escrito trabajos sobre sexualidad, hablado en universidades, vivo como lesbiana visible, lo que suele llamarse “fuera del closet” o fuera del armario, en todos los lugares por donde he transitado, menos en uno, el pueblo donde nací, el pueblo a dónde nunca pude volver.

Muchos años han pasado, cuarenta, desde que esa niña bajaba por las escaleras vestida de cowboy. Esa niña ya no existe. Tal vez, solo tal vez, luego de terminar este escrito, el único lugar donde me siento en el armario, haya desaparecido.





texto escrito para el libro Mi pueblo... postales del alma realizado por la Comisión Pro Museo de San Martín de las Escobas con la colaboración de la Asociación Mutual "General San Martín", noviembre 2011.

4 comentarios:

IPEM 40 Deodoro Roca dijo...

¡Qué hermoso texto fabi! y qué hermoso acto de libertad y resistecia escribirlo!!! abrazos
nati

aquí yace una mala mujer dijo...

fabi, me hiciste llorar. qué fuerte, qué humana, te quiero amiga! abrazo! dahia

Lucia dijo...

Hermoso texto, Fabiana, muy emocionante!!

Zurda dijo...

Pues yo odio esa maldita palabra, y todas las demás. Odio que las usen los demás, tanto heteros como homos, porque aunque queramos darles la vuelta, siempre serán palabras que otros inventaron para herirnos y hacernos sentir sucios. Prefiero pensar que no soy distinta a los demás, y cada vez que alguien utiliza esa palabra no puedo evitar recordar cuando la usaban para insultarme. Y no me gusta. Ojalá pudiera quemar todos esos calificativos estúpidos y la mentalidad retrógrada que conllevan.

Saludos.