Archivo documental digitalizado del activismo lésbico, conformado por producciones gráficas y teóricas, registros fotográficos y sonoros, encuentros reflexivos y acciones callejeras de grupos y activistas lesbianas de diferentes momentos históricos, múltiples posiciones políticas, y diversas geografías
de Argentina. Está en permanente construcción, recibiendo nuevos aportes y colaboraciones.

viernes, 24 de octubre de 2014

valeria flores




No tengo lágrimas para esta herida*

Esto es un abrumado balbuceo de sentidos, un hervidero de sensaciones e impresiones, un haz experimental de poner pensamiento crítico allí donde hubo una herida inconmensurable. Una herida que no es privada porque fue perpetrada con la temperatura del poder y de la historia. Ensayar un mínimo montaje de palabras que hagan de esta instancia colectiva un tributo singular a la reparación de una vida. De una vida que dicen que es mía, que asumo que es propia, que intento hacer algo más allá o más acá de lo que las normas sexuales, de género, raciales, de clase, hacen conmigo. Una vida que intentó sacar beneficios de la vergüenza de transitar la potencia tortillera, de politizar el dolor, de inventarse otras vidas a través de la escritura, una provocación que a veces derivó en aumentar la potencia de actuación al profanar los propios límites conformes a la regulación política y moral de nuestros cuerpos, y a veces no hizo más que amplificar la vulnerabilidad en contextos hostiles.

Un poco es eso, escribir al tanteo, con la crudeza que se resiste a ser estilizada y esterilizada. Contar como un modo de insistir en el carácter público de nuestras vidas y nuestros dolores. Contar una experiencia reciente de ser herida y expuesta al escarnio social. Contar una experiencia como autoficción reparadora, sin apelar a ninguna autenticidad sentimental. Contar haciéndolas habitantes de una trama política y afectiva que se resista a tejer la sutura de esta herida para que sea constante supuración, cual marca insistente que aloje la posibilidad siempre presente del daño y de su eventual y factible reparación. Contar desde un yo que no es más que un archivo de innumerables nombres que componen nuestras comunidades injuriadas. Contar para otras que han experimentado la vergüenza y el dolor de ser proscriptas en el acompañamiento de la experiencia de la muerte de un cuerpo amado. Contar desde un rumor lacerante como soporte incómodo de esta lectura y desde el temblor como el ritmo que asume mi voz.

En apenas un destello de lo vivido, puedo contarles que desde julio del 2013 a febrero del 2014, acompañé a la poeta y activista lesbiana Macky Corbalán, en un inesperado y complejo proceso de una enfermedad neurodegenerativa que fue paralizando y fragilizando su cuerpo, y que derivó en su muerte reciente. Casi 8 meses de cuidados de Macky, en solitario y sin visibilidad alguna, de esta compañera de vida, como nos decíamos para interferir las categorías siempre problemáticas para nombrar los afectos, y compañera de desvaríos poéticos, que supimos ser amantes, pareja, activistas de fugitivas del desierto y de múltiples proyectos artísticos, movidas por las pasiones que desatan la intersección de lenguaje, vida y política. La enfermedad que transitó Macky operó como un laboratorio de creación y fortalecimiento de nuevas relaciones afectivas, en el que se colectivizaron sus cuidados, básicamente entre amigxs y activistas, a la vez que la figura del chivo expiatorio iba tomando cuerpo sobre mí, aprisionándome en la boca implacable del juicio moral.

Una hermenéutica óptica puede aplicarse a la narrativa de esta herida: por un lado, un relato de luz con reminiscencias místicas-religiosas se articulaba sobre la figura de Macky, y por otro, un relato de sombra iba hablándome a/sobre mí en toda esta situación tramada desde una vigorosa culpabilización, alentando una maquinaria discursiva que aunaba nebulosamente diagnóstico clínico y duelo amoroso por nuestra relación, una relación que hacía más de cuatro años que había abandonado la forma tradicional de la pareja. Este discurso no hizo más que lubricar y fortalecer el paradigma del amor romántico que sigue calando hondo en nuestras subjetividades.

Notas impetuosas, retazos de preguntas a medio formular, pensamientos hilados con el acento de un llanto ascético, fueron inscribiéndose de manera desarticulada a lo largo de este proceso, pero convencida de que la contingencia de la enfermedad, cualquiera sea pero en especial aquellas que ponen en jaque nuestra autonomía corporal –siempre relacional-, es el momento más propicio para la emergencia de los prejuicios heteronormativos y estigmas lesbofóbicos que se mantienen soterrados y latentes buscando la oportunidad de ser activados.

Mucha gente adhirió a una versión que encontró en la lesbofobia un campo fértil para sembrarse: Macky enfermó y murió de amor. De mi desamor. Y a mí me quedó la expulsión tácita del grupo de cuidados cuando me corrí, extenuada y agobiada, de asumirlo en solitario; el acallamiento de mi voz y la supresión de mi sentir; el desalojo compulsivo de mis pertenencias de la casa de Macky con el fundamento de “limpiar mi presencia de la casa” (tal como decía el mensaje de texto que su hermana me envió usando el celular de Macky), y la vergüenza de encontrarme ocupando el lugar de víctima en esas situaciones de violencia de las que tanto escuchamos, sabemos y, de las que efectivamente, no estamos exentas.

Por supuesto, semejante trama de conflictividad que hizo de mi vida un enjambre de pesares durante meses, encuentra su despliegue en la decisión de Macky de poner a rodar el relato de un duelo amoroso que servía de subterfugio a una enfermedad invasiva, y en la diseminación del silencio inquebrantable de quienes la rodearon.

Múltiples aristas se ofrecen para pensar comunitariamente esta dolorosa y atormentada experiencia: la persistencia de las matrices exitistas que encapsulan nuestras vidas en relatos heroicos y utilitarios como exigencia de sentido social; los castigos sociales por la subversión de los protocolos del afecto; lo problemático que resulta pensar que habilitar la pregunta sobre la muerte puede ser un acto de amor, en vez de sostenerla como un tema silenciado, negado y secreto; la vulnerabilidad de nuestros cuerpos abyectos y los heteronormativos sistemas públicos de salud; los relatos personalistas y triunfalistas que oscurecen las producciones colectivas(1) ; la vigilancia moral sobre las conductas de enferma y cuidadoras; los deseos y fantasmas que activan las situaciones de enfermedad; el monopolio de la familia de origen para decidir sobre vidas y bienes de las personas lgtttb; las proyecciones sociales impugnadoras y de peligrosidad que se hacen sobre las lesbianas empoderadas; la capacidad de decisión y agenciamiento de la persona enferma, que se moviliza entre la victimización y el control absoluto; las responsabilidades civiles y legales en juego cuando se optan por otros tratamientos diferentes a los de la medicina occidental; entre muchos otros.

Esta errancia textual condensa algunas incógnitas de un relato tal vez demasiado vívido, demasiado cruento, demasiado brutal, de una experiencia de lesbofobia, de esas tan radicales que la vuelven a una perturbadoramente otra. Esto no es más que un relato que intento hacerme a mí misma de esa experiencia, en el que otras voces afines fueron activo tejido de sostén, y que como estrategia de sobrevivencia apuesta a su condición pública, porque pública fue la sanción social y público fue el silencio cómplice y el desprecio. Del estremecimiento por ser expuesta a la vulnerabilidad y arrancada de sí, ciertas preguntas sobre el dolor pululan en los pasadizos de este silencio: ¿cuáles son los signos esperables y normativos para hacer inteligible el dolor? ¿qué credenciales del cuerpo hay que exhibir para que este estado de dolor sea creíble cuando se abandonan los clásicos guiones de las formas perceptivas?

De algún modo, una gran parte de nuestro activismo como escritoras, tortilleras, cuir, ha sido desuscribir, desertar y retorcer los relatos hegemónicos de nuestras vidas. Más que relatos heroicos, épicos, coherentes y lineales, precisamos complejizarlos con destellos, sombras, opacidades, equívocos, que se metan en los entresijos del cotidiano, allí donde las normas nos hacen y deshacen, y donde también la vulnerabilidad como forma de violencia siempre nos da cierto margen de acción. Porque tal vez, si hay alguna conducta heroica que reclamar es aquella que se atreve a romper un pequeño silencio que tiene el estruendo de un estallido.

Este contar es un intento de visibilizar las negadas conexiones entre procesos afectivos (pensados como individuales) y procesos de lucha activista (pensados como colectivos), y un modo de inaugurar el duelo público que se me negó hacer. Un modo de producir espacios de reparación que sirven para habilitar futuros que la cultura se ha encargado de hacer precarios y también para no dejar intacto ese silencio agresor.

La lágrima como forma cultural habilitada y aceptada para visibilizar la vibración del dolor que atraviesa un cuerpo, se derrama en mí por la pérdida insondable de Macky, cómplice de un programa estético-político armado con ventarrones poéticos y desiertos vitales. Pero no tengo lágrimas para esta herida de la ley heteronormativa, sino un incipiente titubeo de escrituras que vayan armando sentido crítico en los pliegues de ese relato de sombra que me tocó transitar forzosamente. Porque no le voy a entregar esta herida a la amnesia colectiva, no voy a renunciar al pedido liberal de que todas tenemos la misma historia, no voy a renunciar al desafío de crear espacios epistémicos para otras formas de sensibilidad y para el despliegue de los intrincados vocabularios del afecto, no voy a renunciar al deseo de una comunidad política-afectiva-artística que haga más habitable la vida, ni a la sospecha de que es esa misma comunidad la que circunstancialmente nos aniquila.


(1) Como sucedió en las crónicas de los medios que destacaban la participación de Macky y mía en fugitivas del desierto, borrando a Bruno Pehuén Viera y otras compañeras.



* Texto leído en ¿Qué nos ofrece la vergüenza?, III Jornadas sobre desobediencias sexuales, prácticas artísticas y agenciamientos colectivos, Facultad de Bellas Artes de la UNLP, 24 de octubre de 2014.

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